19 de septiembre de 2017

Las escalas de Levante

Tal vez habría que extender algo esos puntos de encuentro del título. Estirarlos hacia occidente y de paso, ampliar las susodichas escalas a todo el mediterráneo. Porque sería de justicia incluir la parte de la historia que incluye a Francia, cuyos territorios y costas forman parte del paisaje de esta corta novela del escritor Amin Maalouf. El autor presenta una historia que recorre parte del siglo XX, a través del relato intimo de su protagonista, Ossyane, alias Baku. Personaje que describe su vida y su participación en diferentes conflictos, como la Francia ocupada por los nazis o la longeva confrontación entre árabes e israelíes. Esa narración marca un estilo dentro la obra, ya que el propio Maalouf nos sirve de guía, tras reconocer en las facciones de un desconocido, el rostro de una histórica imagen del pasado. Tras aventurarse a contactar con el personaje, éste accede a describir su vida, en plan biográfico, donde se recupera la vieja tradición ancestral de presentarse como hijo de, y de paso ampliar los orígenes hasta los abuelos, hábil señuelo para enlazar problemas familiares que alimenten el libreto con las peculiaridades de esas personas. 
El "café" de la mañana

La novela se transforma entonces en un relato personal, donde el narrador nos describe su parecer a través de los recuerdos, desde los lejanos orígenes de la caída del imperio Otomano, hasta los vaivenes que suelen aparecer en vida, la de los éxitos y la de los fracasos. Como salvedad queda por señalar algunas puntualizaciones hechas por el supuesto oyente, el encargado de dar pie al protagonista y redactar sus memorias. Esas intervenciones sirven para otorgar ciertas pausas y anotaciones personales sobre el narrador. También sirven para separar capítulos, especialmente cuando se alcanzan momentos álgidos del trasiego del protagonista y que necesitan del lógico respiro para auparlos aun más si cabe sobre los lectores, además de aportar algún dato externo que el narrador ignora o esquiva citarlo explicitamente. 

El carácter biográfico de la novela arranca a finales del XIX, donde no solo se anota el cambio de siglo, sino también el estatus familiar, al retrotraernos a la violenta caída de un noble otomano. Los abuelos maternos sera los responsables de recoger el primer protagonismo, quienes recogen ese antiguo linaje principesco que les otorga cierta solvencia económica, aunque nace de una primera exposición violenta que perdurará en el devenir de sus vidas. Una violencia que se mantendrá a lo largo de las siguientes generaciones, como un escenario de fondo que se desarrolla en paralelo a la historia. Un pequeño resumen de las hostilidades que se desatan en ese marco geográfico son la limpieza étnica de los armenios por parte de los turcos, la lógica inclusión de la II guerra mundial y la posterior consecuencia de ésta última, con el estallido de disputa entre árabes y judíos por el nacimiento del estado de Israel. Guerras emparejadas al transito del protagonista, pues la vida política alterna con los deseos de los hombres y en ocasiones llegan para trastocarlas, pese a la azarosa evolución de la vida, esa que corre en paralelo a la historia y que tiene sus particulares guiños, como el matrimonio entre una armenia con un turco o un árabe con una judía. Ejemplos discordantes con la actitud general. Las pequeñas esperanzas entre tanto fundamentalismo. 

Gracias a ese carácter de oyente, que se podría incluso relacionar a los mismos lectores, el autor nos regala un hermoso epilogo, donde dar cabida a la interpretación e imaginación de cada uno sobre el pequeño y sosegado relato que abarca esta novela. 


La vida no es lo suficientemente larga como para que uno pueda cansarse
Ossyane


Amin Maalouf
Alianza editorial, 2009

9 de septiembre de 2017

Pinar y río de la Acebeda

Lo reconozco, llevaba un tiempo sin pecar. A decir verdad las culpas deberían recaer en los calores, en el exceso de las altas temperaturas de junio de 2017, cuyo agradable sofoco llegaba para imponer la pereza sobre mi deseo. Suele ocurrir en verano, ya que cualquiera sale a menear las extremidades con el mercurio disparado. Para paliar tales desatinos, sólo se me ocurre afrontar tal tarea buscando la ayuda de alguna fresca, la que suele acompañar a la Aurora de la mañana, y porque no, tirarme al monte. A buscar la senda correcta entre las curvas del horizonte, pues cerca del municipio de Revenga yace una mujer, muerta para algunas, eternamente dormida para otras. Conviene aclarar que en ningún caso me llaman Felipe, ni la sangre azul navega por mis venas, tampoco pretendo elevar mis intenciones sobre esa hermosa montaña, más bien prefiero exponer mi imaginación sobre las hadas del bosque, las llamadas fauna, flora y primavera. Rechonchas maduritas que pretenden ocultarse en las profundidades del bosque, el de la Acebeda en este caso. Un lugar al que también llaman el paraíso, siendo el municipio de Valsaín quien se apropie de tal renombre. En parte, gracias a la declaración de este espacio, como lugar de interés nacional en los años 30 del siglo pasado. Tal vez las encuentre entre tanto vergel, pero para entonces hay que iniciar el paseo por el viejo camino que llevaba hasta el propio Valsaín, y bien atento a los preliminares que ofrece las vistas de las caderas de un cerro, llamado del Grande. Arrancamos bien, porque personalmente, me gusta todo lo que sea grande. 


Río y pinar de la Acebeda
Incluidos los perros, noctámbulos guardianes de las cercas del pequeño municipio segoviano, quienes pregonan con sus ladridos la presencia de un par de extraños que pretendían pasar sin molestar. Y ya que estamos, avanzar por el ancho camino hasta alcanzar una de las múltiples encrucijadas. En un cruce, destaca la presencia erecta de una estaca metálica, cuya finalidad es señalizar un interesante trayecto entre Segovia y el río de la Acebeda. La captación de aguas que hicieron los romanos conquistadores para llevarse el liquido elemento hasta la ciudad, con el famoso acueducto milenario dentro del mismo proyecto. Gracias a estas vergas, avanzamos dentro del bosque, a través de un entretenido sendero que abarca las faldas de Cerro Grande y Cabeza Gatos, sin temor a perdida ante los múltiples cruces que ofrecen otros divertimentos. Tras dejar atrás encinas, jaras, pinos y robles, el cuidado sendero discurre casi en paralelo al río Acebeda, al lado del alegre soniquete del discurrir de las aguas
Azud del acueducto
y la explosiva naturaleza. Tan contundente como la mano del hombre sobre ésta, al alcanzar el denominado decantador y el azud. El lugar donde los romanos obtenían el agua para trasladarlo a Segovia mediante una represa que desvía parte del cauce del río, y que previamente se puede seguir su recorrido gracias a las visibles arquetas vistas en el sendero anterior. Un bonito trabajo de ingeniería que acrecienta el valor del paseo por su valor histórico y singular. Cabría destacar el coqueto roquedo del azud y las grapas metálicas que unen los bloques graníticos. El decantador mola simplemente con verlo. Siempre hay cuerpos, aunque estén hormigonados, que deleitan la vista. Al lado se encuentra un mojón de la época de Carlos III, un hito que marcaba el coto de la zona de caza del monarca. Afición que permitió salvar a esté, y a otros bosques reales, de la masiva explotación del hombre. Algo bueno habrá que reconocer entonces a los Borbones.   


La excursión continua por la senda que sigue sobre el yacimiento, disfrutando de las vistas y remontando el camino del río hasta un puente que supera el vado de Arrastraderos. Se continua por la senda, a contracorriente del río Acebeda, que quedaría a nuestra derecha, internándose en un encajonamiento donde los acebos empiezan a sobresalir en los laterales del monte. Un poco más adelante, la agradable senda pretende alzarse sobre la loma de la izquierda, inquieta por escapar de la vaguada del río o curiosa por descubrir qué tesoros se ocultan al otro lado de las empinadas laderas. El excursionista y su perro declinan tal invitación, prefieren continuar por el hilillo de vida que supone el río, a través de sendas ocultas o inventadas, ascendiendo por las imaginarias piernas de una velluda mujer, cuyos muslos andan poblados por centenares de pinos albares, tan rectos como la fijación de algunas ideas. Ante tanto pino, surgen diversas zonas de repoblación junto al río, espacios acotados con flora de ribera que emergen felices sobre los plásticos que frenan la felicidad del esparcimiento en el momento del éxtasis. Son bastantes estos vallados de repoblación y suelen acumularse en el lado correcto, por lo que toca vadear el río en más de una ocasión.

También tropiezo con algún que otro pequeño tejo, hermosos arboles de las umbrías que
Acebos
crecen a su parsimonioso ritmo. El mismo que lleva un excursionista hambriento, ensimismado ante tanta belleza y cuyo estomago le recuerda el ayuno matutino. Tras la parada, se reanuda la agradable marcha, uno todavía es joven y tiene aguante para un segundo asalto a través del río, los vadeos y las veredas invisibles. Solo algún disperso resto óseo se manifiesta como un recuerdo hostil frente a la belleza del entorno. No importa, hay que seguir penetrando el camino imaginario, a través de la espesura que repite las mismas vistas agradables, hasta que se alcanza un puente de madera, cuya finalidad es engañarnos por una ancha pista, que vete tú a saber cuales son las intenciones de su dirección. Nada, se sigue cabezonamente remontando el río hasta la llegada de un llamativo afluente. El arroyo Cereceda. Momento adecuado para cambiar de pareja, despedirse del río y remontar este voluptuoso arroyuelo que obliga a un mayor esfuerzo. Todavía nos queda vigor suficiente en las piernas y ganas para consumar el garbeo. Al lado de un vallado hay una agradable vereda a izquierdas, una ligera ayuda para tomarnos el envite con más calma. Y de ahí se llega a una cerrada curva que nos invita a escapar por las alturas. Como si nos hubiera sorprendido un amante celoso y toque escapar por la cornisa. 


La vía de escape es en realidad un arrastradero, un puta ascensión a plomo sobre la ladera que escondía el deleite. El peaje es caro, al final parece que siempre llega algún tipo de receta a abonar, o a darse prisa por acabar. A ambos lados, los pinos parecen querer erguirse hacia el cielo, en una disputada lucha por ascender hasta el maldito collado del río Peces, la loma que nos acoge después de superar el rampón de los cojones. Un nuevo respiro para poder coger aire, se ve que no soy tan joven como creía y no hay tal aguante presuntuoso.

Justo en medio hay un majestuoso pino albar, donde algún paisano se ha currado un pequeño asiento rocoso que sirve para estudiar el retorno. Pues varios caminos invitan a jugar a la bonita elección del pito pito gorgorito. A la derecha se puede recorrer las alturas de la loma, a la izquierda, atacar la Pinareja (no hay huevos) y de frente, el descenso, el retorno hacia el pinar por un coqueto sendero de bajada, excesivamente largo pese al disfrute de la sombra, del silencio de los pasos y del cansancio que se acumula. En un recodo, se alcanza un canchal de la Mujer Muerta, una buena escombrera que haría el deleite de los amantes de los materiales de construcción. Buenos muros podrían hacerse ante semejante sarao de pedrolos.

El canchal
El descenso alcanza un nuevo vallado que se supera por el debido paso hacia la amarillenta pradera de las tierras castellanas. Sin embargo, la primeriza Aurora, en un hábil ejercicio de transformismo, ha mutado en Lorenzo, a quien debe gustarle las partes traseras, y recelosa por la aventura del excursionista en el paraíso de las sombras, comienza a azuzarle el cogote. Tampoco hay edad para aguantar regañinas o nuevas experiencias, mejor buscar consuelo junto a otra fresca, la del río Peces, bajo la copuda sombra de una encina para rellenar nuevamente el buche, goloso que es uno. La oferta del día era dos por uno. 

Desde el regocijo que otorga el apacible yantar, se vislumbra el voluptuoso pinar precedente y las rechonchas formas que esconde la Acebeda. Sinuosas y agradables frente a la yerma pradera de la meseta. Desde la lejanía se vislumbra como algunos pinos parecen querer erguirse sobre sus compañeros. Incluso en la naturaleza hay luchas por pavonearse y aparentar. Recogida la merendola se alcanza la ancha Cañada Real Segoviana Occidental. Tan ancha que es un lujo avanzar por los viejos recorridos de la trashumancia ibérica. Toca retornar al entorno del embalse de Puente Alta y alcanzar la cola del pantano. Al lado de los restos de un antiguo rancho, entran las aguas de la Acebeda, cuyo nombre profesional muta al de río Frío. Un leve tránsito por la carreterilla para alcanzar los muros del embalse. Lugar por donde las aguas se escapan por la chorra del pantano hacia otros lugares.

Álbum de fotos
Pano embalse

Bibliografía
La sierra de Guadarrama por otros caminos
Miguel Tébar Pérez. Ed El senderista

17 de julio de 2017

El talismán

Las cruzadas son aquellas lejanas guerras medievales de las cuales desconozco los datos más relevantes. Y menos aún, los hechos cronológicos de mayor importancia sobre tales barbaridades. En realidad, seguramente éstas sean más conocidas para la mayoría de las personas gracias a la mitificación que la literatura y el cine han llevado a cabo a lo largo de los tiempos diversas obras. Artes embaucadoras y románticas que se pavonean de las consecuencias de esos enfrentamientos, porque aún hoy perdura el tradicional choque entre
David vs Conrado
occidente y oriente. Batallas y recelos desde tiempos inmemoriales y con la potente excusa de la religión de por medio. A grandes rasgos cualquiera puede situar la finalidad de esas guerras y lo que supuso para Europa, las diversas alianzas entre los llamados reinos cristianos frente al infiel. Una importante suma de personas en plan erasmus, pero con una finalidad eminentemente hostil que choca bastante con el halo romántico que suele rodear a esta época de caballeros, damas y reyes con corona. Y nadie mejor que sir Walter Scott para acercarse a semejantes aventuras. El argumento de la novela, El talismán, nos sitúa en la tercera de las cruzadas emprendidas para liberar los santos lugares del catolicismo, con el rey inglés, Ricardo Corazón de León, como principal estandarte de las fuerzas cristianas, y cuyo rival, es otro grande de los personajes históricos del medievo. Saladino, el sultán de los musulmanes. 


En lugar de centrarse en guerras que coloquen al libro en el catálogo del género bélico o histórico, Scott toma prestados ciertos aspectos tomados como reales, para construir una cuidada estratagema ficticia con dos finalidades. La primera de ellas más apegada a la realidad histórica y cuya intención sirve para dar a entender los motivos del final de la contienda y sus consecuencias, mientras que la opción del desarrollo de la trama, está más abierta a la inventiva del autor, al dotar de cierta libertad a sus personajes sin la ataduras que impone la veracidad histórica.

Aunque la mayoría de personajes tienen su propia base real, Scott parece tener la necesidad de cubrir la cuota escocesa, la propia nacionalidad del escritor, a través de un personaje de su invención que nos sirva como carta de presentación e introducción a la obra. Tal insigne figura toma prestado el nombre de Kenneth, caballero del Leopardo Yacente. Tan pobre como buen amigo de la aventura, como bien marcan los canones caballerescos que volvieron
Walter Scott
 Retrato de William Allan 

National Galleries of Sotland - Google Art Project 
loco al famoso Alonso Quijano. Curiosamente Scott repite el esquema de Ivanhoe, al inventarse un personaje que representa el ideal del perfecto caballero y héroe sin mancha para ocupar el protagonismo principal. En realidad el protagonismo se comparte con otras figuras dentro del amplio reparto coral. Y por cuestiones de jerarquía y personalidad, destaca la poderosa representación de Ricardo. La atracción que recae sobre el monarca inglés destaca sobre el soso hidalgo escoces, encorsetado en la ridícula idealización del perfecto caballero sin mayor atractivo que las argucias que propone la trama. Una historia que cobra mayor importancia al colocarse en las habituales luchas de intereses de los poderosos, las habituales maquinaciones y tretas entre los nobles que se suceden justo cuando se da una tregua entre moros y cristianos. Y ahí empieza a sobresalir la imponente representación del citado rey león, cuyos arrestos y excesos verbales terminan por devorar al triste leopardo para ocupar el lugar que le corresponde. La de actor principal.


Si reparo en Walter Scott sólo me salen buenas palabras, ya que destaca su buena mano para la literatura al dotar de gracia, soltura y cierta tensión a los personajes que van y vienen a lo largo del campamento cristiano. Sin duda la calidad de la novela decae cuando el escritor se emperra en intentar sorprender al lector con una serie de piruetas que llegan al extremo de lo excesivo y de lo infantil. Tanto disfraz no logra ocultar ciertas confianzas que exceden la linea de la ocurrencia frente a la seriedad narrativa, y eso que Scott domina bastante bien las confrontaciones dialogadas entre diferentes personajes a los que dota, rápidamente, de una personalidad reconocible por el lector. En parte es una pena que la resolución apenas supere el nivel de corrección, al decaer en la benevolencia de una especie de cuento con final feliz. Para entonces sólo queda remarcar el trayecto anterior, cuyas lineas superan con creces el momento happy con sorpresas que propone Scott. 


No es sabio mirar atrás cuando el camino sigue adelante.
El Hakim

El talismán
Walter Scott
Ed Anaya, 1996
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Ivanhoe
Las alegres aventuras de Robin Hood

El león en invierno

7 de julio de 2017

Como conocí a vuestra madre T8

Se atisba el final, deseado en buena manera para poder sacudirme los demonios de finiquitar esta serie. La misma que me encandilaba hace ya bastante tiempo, gracias a la continua sorpresa que deparaba la novedad de los inicios. Transcurridas las temporadas es lógico que llegue a instalarse cierto tedio temporal, debido a la incapacidad de volver a sorprender como antaño. Obviamente es enormemente difícil contentar a una audiencia que ha visto gran parte de los malabares expuestos por los guionistas. Tal vez por eso caigan en la fácil solución de retroalimentarse con disparates ya vistos con anterioridad y en la incorporación de viejos personajes, como la reintroducción de Victoria en la vida de Ted o con la nueva vuelta de tuerca entre Robin y Barney. Ya apuntaba maneras el cierre de la séptima temporada, con llamativos ganchos para desear la llegada de una nueva colecta de episodios que esclareciese los cambios acaecidos en el final de la séptima temporada. La pena es que rápidamente llegan a disolverse, porque las supuestas sorpresas solo son fuegos de artificio hacia una extensión que alarga el constante ir y venir de Ted con Robin, con el amigo Barney de por medio. 


El nuevo Jor-El - 20th Century Fox Television
En ese sentido, la vuelta de Victoria cae estrepitosamente al sin sentido, desde la primera temporada ella fue la víctima de su relación con Ted para volver a serlo en ésta, sin que para ello tenga nada nuevo que aportar en sus leves apariciones. Por otro lado llega a apenar la disolución del personaje de Quinn, la striper comprometida que más bien parecía una madre al sentenciar siempre de manera juiciosa los desvarios de los protagonistas. Y entre tanta proposición sin concretar, destaca la curiosa ruta del personaje de Barney, el incansable soltero empedernido ha pasado últimamente por demasiadas relaciones estables que apuntan al único lugar donde peor se veía él mismo, el altar. Al menos queda el consuelo de la presentación de la futura esposa de Ted, aunque solo sea para ver las migas de pan que nos llevaran hasta ese momento cumbre. Y claro está aplazado para más adelante. 

En un esquema general, la temporada podría partirse en dos. En primer lugar el tramo planeado de Barney para sumar un nuevo compromiso, hasta la supuesta nueva boda que amenaza con celebrarse desde la temporada anterior. Y en esas andamos nuevamente, con la sempiterna voz en off de Ted que nos recuerda las aventuras de sus colegas en el pasado, con los tradicionales saltos temporales marca de la casa y diversas apariciones estelares de la fauna social americana, (genial la autoparodia de Karate Kid en El herma-mitzvah del 8x22) 

En otro orden de cosas cabe destacar los cambios de rumbo que aportan las profesiones laborales de cada uno. Resulta curioso que se remarque cierto triunfalismo profesional, (Ted inaugura su rascacielos, Lilly logra un chollo como marchante de obras de arte, Marshall aspira a llegar ser juez...) en una misma temporada en la antigua tierra de las oportunidades. Ésa donde suele presumir el capitalismo, donde triunfan los mejores frente al enchufismo que se da en otras latitudes. Una muestra clara de la cercanía del final que amenaza a triunfo y al típico buen rollete yanki.


Siempre es un placer volver a ver al Capitán - 20th Century Fox Television
Ccavm avanza a pasos agigantados hacia su resolución con el mismo esquema y la ñoñeria autocomplaciente para superar los obstáculos que apenas surgen en su camino. Queda por ver como resuelven la presumible discordia entre colegas qué, necesariamente tendrá que resolverse en la novena temporada. A pesar de todo, ya podría adelantarse que esta sitcom ha logrado instalarse en la historia de la televisión por méritos propios. 

Como conocí a vuestra madre 
20th Century Fox Television 2013
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Ccavm T1
Ccavm T2
Ccavm T3
Ccavm T4
Ccavm T5

Ccavm t6

Ccavm t7

26 de junio de 2017

Toy Story

Fue estrenada en 1995, bajo una amplia expectación al tratarse de la primera película realizada íntegramente por ordenador. O visto de otro modo, Toy Story es un pequeño salto evolutivo en la historia del cine, al complementar y desarrollar nuevas técnicas que tienden a mejorar la industria cinematográfica que llega a afectar a diversos ámbitos. Como el reciente éxito del 3D, gracias a Avatar de James Cameron y al avance de las tecnologías. Pero antes del film de Cameron llegó la evolución al campo de la animación, el magnífico género que puede presumir de andar en este negocio desde sus inicios. El interés del estreno venía precedido por la buena acogida que solían tener los cortos que realizaba Pixar, la pionera empresa responsable de todo este asunto, y cuyas películas posteriores suelen aunar a la crítica y al público en la misma senda. Una vez asumido el éxito de la película original, y tras una notable colecta de taquillazos peliculeros, Pixar ha logrado que las producciones animadas estén, normalmente, acaparadas por programas informáticos, tanto películas como series infantiles. La losa cae en detrimento del tradicional dibujo hecho a mano, o el llamativo stop motion
El gordo y el flaco - Walt Disney Studios
El culpable responde al nombre de John Lasseter, el carismático portador de camisas con colorinchis, que ha logrado trastocar la industria de la animación. En parte, el sello Pixar suele obtener el beneplácito del público, cuyos logros son sinónimos de que el producto realizado contiene buenas muestras de calidad, la habitual redundancia del trabajo bien hecho. Después de Toy Story, la productora Pixar ha sabido tocar diversos terrenos argumentales y aumentar su catálogo en estos 22 años. Una simple enumeración de sus películas contiene diversas obras, que muchos amantes del cine clasificarían como maestras. Mi habitual retahíla negativa parece que siempre debe quedar anotada. Aunque en este caso me conformo con simplificarlo en dos ideas tan concretas como repetitivas. La mezcla del argumento fantástico con el humor. Dos claves que se duplican hasta la saciedad en todos los films hechos por la productora de la lámpara saltarina. Y aunque cueste poner ciertas trabas, se nota que la reiteración apenas inquieta la felicidad de sus ejecutivos. 


Saludos fanáticos - Walt Disney Studios
Pero hay que volver al origen de todo, a Toy Story, la fantástica y maravillosa película con la que Lasseter debutaba como máximo responsable de un largo. Una historia que crea un universo propio, al dotar de vida y protagonismo a los juguetes de un niño (Andy). El mayor deseo de estos muñecos es cumplir el objetivo para el que fueron creados, compartir juegos con el susodicho crío. De esta peculiar guisa se nos presenta a la diversa fauna que pueblan la habitación de Andy. Se incluyen juguetes clásicos, como el señor patata, los soldaditos de plástico o la tradicional hucha de cerdo, mientras que el protagonismo se lo lleva Woody, un vaquero de trapo y relleno que ocupa el honor de ser el juguete favorito del muchacho. Pero los niños crecen y en cada cumpleaños suelen llegar nuevos regalos, normalmente en forma de nuevos juguetes que intranquilizan a los antiguos por temor a ser sustituidos. De un acto tan habitual de la tierna infancia se crea el cisma del film, pues uno de los regalos es Buzz Lightyear, el más moderno artilugio de plástico que contiene diversas lucecitas con sonidos como elemento de distinción, siempre ha habido clases. Y cuando los niños desaparecen de su vista, surge una personal fanfarronería respaldada por las letras impresas en el embalaje. Buzz es un guardián espacial con su nave de cartón y todo. 

El nuevo inquilino llega a desplazar el favoritismo de Andy sobre Woody, creando cierta inquina en el vaquero que empujará involuntariamente a la aventura de su enemigo. Y ésta toma forma de viaje, cuyo recorrido centra buena parte del metraje, caracterizado en el clásico viaje del héroe que debe servir para desarrollar y encontrar el sentido de su existencia. En este caso compartido por ambos muñecos. Las desavenencias existentes entre ambos deben quedarse atrás, por la necesidad de ayudarse mutuamente para poder regresar al lado de sus compañeros. Y en ese viaje caracolea buena parte de la gracia de dos personajes que terminan por conocer sus limitaciones, mientras forjan una estrecha amistad que se mantendrá y extenderá en las sucesivas continuaciones que tendrán las aventuras de Toy Story


Una copia de Ella-Laraña - Walt Disney Studios
A pesar de ser una cinta dirigida a los más pequeños, Toy Story logra enganchar al espectador adulto gracias al uso de la siempre eficiente nostalgia. En mayor o menor medida, todos hemos tenido juguetes en nuestra infancia, trastos con los que se compartía tanto tiempo que más de uno los habrá hablado como si tuvieran vida propia. Un claro ejemplo del poder de la melancolía. En ésa hábil mezcla de juntar a grandes y pequeños, cabría destacar la parte siniestra del film, donde unos juguetes han sido masacrados por un niño. Un pequeño demente que disfruta destrozando los muñecos y al que podríamos emparentar con los experimentos del doctor Frankenstein. Elemento clave que sirve para fijarlo como al malo de la función. La habitación de Sid, pues así se llama la criatura, se contrapone a la supuesta bondad de Andy, niños bien distintos a pesar de compartir vecindad y vistas desde la ventana. Este ligero toque de terror sirve para acrecentar el tránsito al que deben hacer frente la dupla protagonista. Un trayecto tan entretenido que logra situarse como el mejor ejemplo de como romper moldes, y presentar una nueva forma de cómo hacer animación. 

Toy Story 
John Lasseter, 1995
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Listado de Óperas primas

16 de junio de 2017

Deadwood T3

"Ve a decirle algo bonito

Con esta frase concluye la tercera y última temporada de Deadwood. Y la verdad es que me ha costado encontrarla sin pasar por las plataformas digitales, pero al fin he logrado finiquitar el visionado de la temporada que me restaba. A fin de cuentas, esta serie arrastra cierto misticismo televisivo, pues se trata de una de las mejores series que la productora HBO ha llevado a cabo, y que inexplicablemente, se tuvo que cancelar antes de lo previsto. Cosas de la audiencia, excesivamente baja como para compensar el enorme esfuerzo económico que la productora ponía para levantar este colosal proyecto audiovisual. Así funciona la tiranía de la demanda, y que nada tiene que ver con la calidad de un producto contrastado por diversos premios y la opinión mayoritaria de los críticos. Son datos relevantes, pero que apenas lograron trastocar la atención del veredicto final de los espectadores. Los que mandan al fin y al cabo, por eso la serie fue anulada, y en su caída, se llevó consigo la incumplida promesa posterior de trasladar a pantalla grande un final acorde a la dignidad de lo que se había realizado a lo largo de tres temporadas. 

Siempre hay alguien que te ayuda a entenderlo - HBO
Es una redundante promesa del medio televisivo, ofrecer una resolución a la altura del buen hacer previo, un acto demasiado común que fue perdiéndose en el limbo de la pereza, para tristeza de sus fieles seguidores y de quienes la descubrimos de manera tardía. A pesar de tal aglomeración de aspectos negativos, esta tercera temporada completa, con sobrada soberbia, lo visto anteriormente a través de doce enormes capítulos. No hay bajón, ni en el apresurado cierre, ese donde todos esperábamos un nuevo baile que clausurase la historia. Lamentablemente no hubo música para celebrarlo. 

A lo largo de la temporada precedente, la sombra del magnate George Hearts deambulaba por las calles de Deadwood como un temible depredador que amenazaba con instalarse en el rico pueblo minero. La cauta sospecha se queda corta ante la llegada y el posterior desarrollo de los acontecimientos que se dan en el pueblo, gracias a la visita de tan insigne figura. Hearts es un verdadero cabrón, pero de los buenos, de los que sabe perfectamente cuales son los 
pasos que debe realizar para lograr conseguir sus objetivos. Y éste no es otro que hacerse con los ricos yacimientos de oro que han atraído a tantos buscavidas a Deadwood. En especial, la explotación minera de la señora Ellsworth. La rica adicta al láudano que por su propia iniciativa, llega a abrir el primer banco del lugar, con los infinitos recursos de su explotación como seguro para sus clientes. Una buena base para mantenerse en lo más alto de la joven economía del pueblo, de no ser por la constante amenaza de Hearts. Un peligro holgado, gracias a sus bolsillos y a su determinación. Acostumbrado al negocio y de lograr cumplir sus deseos por las buenas o por las bravas. Es alguien acostumbrado a dictar ordenes y de que estas se cumplan. Y por ello no cabe pensar en algún indicio moral que lo aparte de sus ideas iniciales. La codicia del oro no entiende de formalismos y sí de paciencia, todo llega si se insiste cabezonamente en acaudalar nuevos ingresos. Y eso que en la acera de enfrente no se encuentran precisamente las hermanitas de la caridad, pues ya se conocen las formas de actuar de Swarengen, o la facilidad con la que Bullock da rienda suelta a su frustración. 

El puto amo - HBO
Con tales argumentos, se supone que habrá un lógico choque de trenes que enfrente a unos con otros, sin embargo, existe cierta desigualdad que inclina la balanza hacia un tren de mayor envergadura y que mantiene una tensión que va creciendo según van pasando los capítulos. Pues nadie pretende ceder de antemano. En parte, es de justicia reconocer la interpretación de Gerald McRaney como George Hearts, pues este personaje cobra tal fuerza, que su figura domina la parte central de esta tercera temporada. Y por merecida costumbre, recalcar las habituales grandes interpretaciones del resto de actores que previamente desfilaban por las embarradas calles de Deadwood. Es una gozada observar como todos los personajes suman de manera eficiente al conjunto de la obra. Al amplio reparto coral llega a sumarse otro de esos extraordinarios secundarios de la interpretación, el inglés Brian Cox, quien da vida a un empresario teatral que termina por llevar a Deadwood un nuevo eslabón de entretenimiento a su economía, el del espectáculo. Todo suma, en la lógica evolución de un miserable poblado que no para de crecer en su extensión, y añade historias paralelas como unas nuevas elecciones donde se escoge alcalde y sheriff, o la creación de una escuela para los niños.  Simples normas sociales que parecen querer establecer ciertos criterios comunales en ese pequeño reducto infernal. Donde la vida puede llegar a valer tan poco, que el simple parecido físico puede llegar a condenarte como mártir

Deadwood
HBO - 2006
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Deadwood T1
Deadwood T2
Deadwood T3

6 de junio de 2017

Hasta el último mar

Sinceramente, me esperaba más. Con este último título podría decirse que el escritor Vasili Yan, daba por concluido su monumental trilogía sobre el imperio mongol, iniciada por la enorme figura del conquistador Gengis Kan y extendida por sus descendientes. Esta tercera novela cierra el trabajo del autor, porque falleció el mismo año de la publicación de Hasta el último mar (1955) Cerrando toda posibilidad de extender la saga mongola. Y la pena es que después de disfrutar gran parte de la obra de Yan, esté último ejemplar se me queda corto. Principalmente porque considero que la novela apenas cumple con las expectativas que uno mismo se había ido creando tras las lecturas de las obras precedentes. En esta ocasión gana por goleada los defectos del resumen. El problema de síntesis, que ya aparecía en las anteriores novelas, se agudiza en está de tal modo, que urge pensar en que demonios pensaba Yan con su obsesión de abreviar la fascinante aventura descrita. 

Es cierto que la magnitud de datos, batallas y derivados son un exceso recurrente cuando se trata de novelar un extenso período de conquista. Y la buena literatura, debe saber abordar como mezclar la lógica reducción de las redundantes batallas, con la variedad que suponen el amplio abanico de tramas y personajes, diversidad que suma la dificultad de desarrollarse en un espacio físico tan grande. A estos pequeños matices hay que añadir la buena costumbre del autor en otorgar voz y protagonismos a los diversos pueblos que participan en la historia. Tanto en Gengis Kan como en Batú, Yan se abría a presentar y desarrollar a los enemigos de los mongoles, y a lo largo de las páginas, aparecían y desaparecían según su importancia. En esta ocasión opta por un alargado inicio donde incorpora a nuevos personajes, que curiosamente, apenas aportan algún desarrollo importante para el futuro devenir del libro. Y encima se observa con impotencia como otros personajes, que habían tenido un notable protagonismo anterior, pierden comba en este tercer capitulo. Personajes llamativos como Arapsha, cuya figura queda relegada de manera testimonial a la simple cita, o el bueno de Musuk, quien tras describir una notable parábola vital en Batú, queda su suerte abandonada a una miserable frase sin gloria en este tercer libro.

La historia de la novela enlaza con el final de Batú, para acompañar a la llamada Horda Azul a concluir su destino de conquistar el universo conocido, llegar con los cascos de sus notables caballos a la orilla de la mar salada. Nuevamente el nieto de Gengis Kan, Batú, lidera un inmenso ejército que llevará el terror y la destrucción hacia el poniente, hacia aquellos países que quedaban por conquistar. Empezando por la capital rusa, Kiev y el posterior avance hacia Europa. 

¡Por eso continuaremos marchando adelante, siempre adelante, hasta el último mar!
Batú

Sinceramente, me esperaba más de un título que venía a cerrar, seguramente, el mejor trabajo literario que se haya hecho sobre el imperio mongol. A lo largo de las novelas precedentes, siempre solía apuntar el mismo defecto que se indica al principio de esta opinión personal. La presencia del resumen, la imperiosa necesidad que tiene Yan por acortar algunos tramos históricos. Llegados a este tercer volumen, el resumen incrementa en número de páginas. Me queda la extraña sensación del querer acabar, del poner fin a un largo proceso de trabajo previo, como si a Yan le faltará la soltura necesaria para embaucarnos con nuevos temas y relatos sobre el inmenso avance del imperio mongol. Puede parecer injusto la apreciación negativa hacia la novela que concluye el viaje, pero hay historias secundarias, como la del artista Vadim, que apenas aportan nada fresco e interesante al punto de vista ruso frente al mongol. De ahí que apenas tenga mayor protagonismo que unos leves capítulos. En las dos primeras novelas, la incorporación de secundarios y su influencia en el grueso del relato eran de mayor interés e importancia. El Sha Mohamed, Djelad ad Din, el héroe ruso Eupati... Personajes que con sus historias personales, sumaban fuertes grupos de oposición al avance mongol. A la par de dignificar la cruel diferencia, que habita entre los grandes titulares de la historia frente a la riqueza que aportan los simples anónimos. Individuos cuya imaginación de Yan incorpora para aupar el relato en todas sus vertientes sociales posibles. 

También es de justicia reconocer que Yan recupera el pulso narrativo al final, justo cuando debe cerrar las historias de sus protagonistas, ahí reaparece una linea que viene a mejorar la agonía del resumen. La imperiosa necesidad del tener que acabar. La guinda, en este caso, apenas se sostiene sobre una base poco solida. 

Por fin se vio la llanura azul del océano desde una de las cúspides montañosas y todos se preguntaban: "¿Será este el último mar?"

Hasta el último mar
Vasili Yan.
Ed Valdemar, 2014
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Gengis-Kan
Batú
Hasta el último mar

25 de mayo de 2017

El gigante de hierro

A finales de los 90 la animación por ordenador irrumpía con tal fuerza, que con el paso del tiempo ha terminado por convertirse en la primera opción a la hora de llevar a cabo diferentes proyectos audiovisuales. Aún hoy quedan pequeñas cuotas de resistencia, llegadas principalmente desde Japón y de películas independientes. Aunque habría que matizar que en algunos casos se utiliza alguna técnica informática para realzar algún aspecto del film que considere a bien el autor. Aún así, el dibujo, el tradicional 2D, se mantiene en la mayoría de esas películas pese a los leves retoques digitales. Y si encima alguna de esas cintas pasa por convertirse en una pequeña joya, la satisfacción por mantener ciertos toques clásicos es mayor según van pasando los años. Como en el debut cinematográfico de Brad Bird, con el título El gigante de hierro producida en su día por una de las grandes, Warner Bros. La película fue estrenada en 1999 y curiosamente con escaso apoyo por parte de la productora, cuyos gerifaltes apenas consideraron el poder de atracción de un título que adaptaba libremente la obra de Ted Hughes. Un ligero desprecio que Bird supo voltear, al contar con cierta libertad a la hora de afrontar su película. 


El juguete y el niño / Warner Bros
Un enorme robot llega a la Tierra sin que se conozcan mayores motivos ni intenciones. Y por una serie de circunstancias, establece amistad con un muchacho que encarna ese espíritu inquieto, soñador y aventurero que la mayoría de las personas han pasado a esa edad. El principal logro de esta película surge al lograr conectar ese sentimiento fantasioso e infantil con el espectador, en la estrecha relación de un niño con el hombre metálico. Además de incorporar la nostalgia en una pequeña lista conocida y correspondida por casi todos. Ese tiempo pasado en donde suelen mantenerse a flote los buenos recuerdos. Y se enlaza fácilmente con la cultura popular a través de diferentes modelos conocidos por la mayoría de personas que tengan ciertas inquietudes.

Para empezar sitúa el desarrollo de la historia a mediados de la década de los 50 del siglo pasado. Justo en el lugar más acorde, o donde siempre caen todos los visitantes del espacio. Los EEUU de América, país que vive bajo el prisma de una sociedad feliz, derivada de ese estado del bienestar que proporcionaba la economía del momento frente al peligro y la tensión de la guerra fría que proponía el tradicional enemigo, el bando soviético. La rivalidad se ve acentuada por la carrera espacial entre unos y otros por esas fechas. De hecho, la película arranca con la imagen de un sputnik dando una vuelta a la Tierra. De la confrontación política, entre los bloques soviético y americano, nace la escalada armamentística con el culmen histórico de la crisis de los misiles en Cuba en 1962, además del miedo que acompañaba al histerismo de una probable guerra nuclear. En la propia película hay hasta un curioso spot de los que se reproducían en las escuelas americanas de la época. 


Un pe que ño chu te / War ner Bro s
A todas estas referencias históricas, habría que sumarle otro tipo de influencias, las que provienen de diversas películas, partiendo de la especial relación entre el chico y el robot, muy similar al E.T. de Spielberg o a la faceta bélica del robot, visto en filmes como La guerra de los mundos de Byron Haskins o la reencarnación mecánica de Gor de Ultimatum a la Tierra de Wise. Otra claves populares son la conexión del muchacho con los cómics o el mero hecho de quedarse hasta las tantas viendo pelis de terror. Brad Bird juega muy bien con todos esos elementos, incluidos en una historia a la que se van añadiendo poco a poco nuevas tesituras. Además del compadreo que se establece entre los dos protagonistas. Una curiosa relación donde un niño transforma a un monstruo metálico en su peculiar feria andante o compañero de baños silvestres. La candidez de la máquina contrasta con el necesario antihéroe de la función. Un peligroso charlatán que suele caer en gracia por estar ligado su personaje hacia aspectos más cómicos que malvados. Tal vez pueda decirse que la única pega sea su corta duración. Quitando los créditos finales, la película apenas logra alcanzar la hora y cuarto. Un mero receso que no empaña a una de las mejores películas animadas de los últimos tiempos. 

El gigante de hierro de Brad Bird
1999

19 de mayo de 2017

El antiguo vivero de la Cebedilla

Es llegar al coqueto pueblo de Lozoya, cruzar la carretera M-637, avanzar ligeramente por la pista que nace de la calle del Chorro, y plantarse en la planicie para observar los diferentes estratos que conforman las laderas de los llamados Montes Carpetanos. Una delicia de panorámica que ayuda a entender la mano del hombre a la hora interpretar el paisaje. En este cercano punto abundan las cercas de las fincas, adehesadas en su mayoría y donde destaca la presencia de los fresnos, pegados normalmente a los muros que delimitan privacidades. A media ladera una amplia mata borrosa, de ciertos tonos cambiantes que dan cabida al extenso robledal. La supuesta especie autóctona de las montañas guadarrameñas a esas alturas. Más arriba, el tupido verde de los pinos. Y ya al final, dirimiendo los limites con el cielo, las crestas de las montañas peladas, rocosas y sin las nieves de antaño. 
Las vistas de inicio
Hubo un tiempo donde la mata forestal, que hoy día cubre los montes, estaban repletos de calvas, por no aventurar más allá de la escasez de árboles. Montes desnudos que podemos ver retratados en las viejas fotografías que los municipios suelen colocar en sus páginas corporativas. Gracias a una esmerada reforestación precedente, podemos alegrar la vista con el tapiz verde que cubre las laderas de las montañas madrileñas y castellanas. Y con el pino como gran protagonista, seguramente por las buenas condiciones que plantea este árbol, adaptabilidad, precio y rápido crecimiento. 

Curiosamente en Lozoya estuvo ubicado un vivero a 1700 metros de altura, donde debieron partir muchas de las especies que hoy cubren estos lugares. Sin embargo, se dio el simpático
Ciprés de Lawson
caso de que entre tanta monótona repetición, a alguien, o algunos, se les ocurrió la idea de introducir otros ejemplares arbóreos qué, si bien no desentonan con el entorno, si que choca la idea de encontrarse con diversos ejemplares cuya procedencia original se haya bastante alejado de la península ibérica. Con el tiempo, el llamado vivero de la Cebedilla fue

abandonado, pero los arbolillos allí depositados decidieron echar raíces por esos contornos, ya que estaban, para qué marcharse. De está particular guisa podemos encontrar la mayor variedad de arboles singulares, en tan reducido espacio, dentro de la comunidad de Madrid. Abetos rojos, del Cáucaso, abetos de un tal Douglas, cipreses de Lawson y algún que otro pino con condecoración y todo, el llamado pino de Lord Weymouth. Exóticos nombres que otorgan cierto caché al pinar, expuestos y señalados a la vista de cualquiera que quiera perderse por los pinares del término de Lozoya.

Fijado el objetivo, queda echarse a andar por la misma pista hasta alcanzar un depósito de aguas. Las Aleguillas, dicta el vallado cartel. En este punto, se abandona la pista para enlazar por una bella senda a izquierdas, encajonada por un doble amontonamiento de rocas y en donde alguien se ha construido un pequeño chamizo en la finca colindante. Esta divertida senda anda repleta de buenos pedrolos, muchos caídos de los muros que la delimitan para entretener la marcha entre tanto bache. La senda se cruza con la pista anterior, pero justo enfrente irrumpe su continuación a través del joven bosquete de robles. Parece ser que esta vereda tuvo su origen en la captación de aguas, de ahí que veamos alguna que otra arqueta durante la subida. Ascensión que nos permite entrar en calor, gracias al ligero desnivel que vamos alcanzando y rodeados de pequeños robles. Más bien semejantes a palillos que aspiran a alcanzar el estatus de árboles algún día y a quienes les cuesta echar hojas según ganamos altura. Y eso que llevamos más de un mes de primavera transitada. Serán holgazanes. 


La Chorrera
Sin que sirva de precedente damos la espalda a las vistas del embalse de la Pinilla y de todo el valle del Lozoya, mientras la vereda zigzaguea un poco entre los citados palillos. El leve canturreo de los pájaros compite con el paso de alguna vaca despistada y contra el cercano rumor del arroyo Palancar. En una cerrada curva a izquierdas abandono la senda, cuyo trayecto continua hasta alcanzar y vadear el arroyo. Pero antes hay una chorrera donde poder ver las saltarinas aguas y cuyo peaje solo conlleva ascender a gatas algún tramo. El perro incluido.

El arroyo Palancar, irrumpe con cierta flojera por las rocas, danzando por las alisadas paredes donde se crean pequeñas pozas donde Bosco aprovecha para refrescarse. Ole sus huevos. Un leve receso de tiempo para observar la Chorrera de la Peña Lisa, alguna fotografía de postureo y continuar la ascensión paralela al arroyo, así hasta que aparezca la senda abandonada con anterioridad, que se corresponde con el antiguo camino que unía Pinilla con Navafría. 
Los Douglas

Mientras caminamos a estas alturas se aprecia la frágil linea que separa el robledal del pinar. Atrás dejamos los palillos y emerge el pino, tan abundante como el populacho. Y al poco topamos con la remodelación de una pista forestal que proviene de la carretera, ampliada recientemente con el objetivo de canalizar arroyos en las curvas y de crear caceras artificiales en sus laterales. 

Tan natural como algunos buenos ejemplares de pinos, dispersos entre el resto de coníferas. Por tamaño, se intuye cuales fueron introducidas y cuales llevaban por aquí más tiempo. La autopista creada continua su trayecto hasta superar nuevamente el arroyo Palancar y de ahí, a tiro de piedra, señalizados y expuestos como si de un escaparate navideño se tratase, la peculiar colonia extranjera de la Cebedilla. Los habitantes más exclusivos de la sierra, tratados con la exquisitez que merece su rango de singularidad. 

Nada mejor que echarse junto a algún tronco, sacar el almuerzo y contemplar la gracia con la que crecen estos arboles, ajenos a tanta clasificación mundana y a los curiosos que venimos a visitarlos. Destacan primero un par de abetos rojos, cuya mayor gracia proviene de su clasificación botánica, ya que al parecer estos dos árboles no son estrictamente abetos sino parientes de las coníferas. Después están los abetos de Douglas, muy pegados entre si un par de ellos. A continuación el pino clasista de Weymouth y por último, el llamativo ciprés, con su colorido ramaje a medio caer pese a estar ensombrecido por sus colosales compañeros. 

A finales del siglo XIX se inician también las primeras reforestaciones en la Sierra. En efecto, en 1888 la administración forestal comienza el estudio de la Cuenca del Lozoya desde su nacimiento en Peñalara hasta su desembocadura en el Jarama con el fin de repoblar sus vertientes para evitar el enturbiamiento de las aguas del río Lozoya, fundamentales para el abastecimiento de Madrid. Arranca así un proceso de compras de fincas recientemente privatizadas. En las dos primeras décadas del siglo XX, el Servicio Hidrológico Forestal acomete la reforestación de pequeñas superficies en las cuencas del Lozoya, del Guadarrama, del Manzanares y del Guadalix. Aunque las hectáreas repobladas entonces no superan las 5 000 merece la pena destacar que fruto de estos trabajos son los pinares de Lozoya y Canencia (unas 1 500 ha) y el de La Jurisdicción (800 ha) en San Lorenzo de El Escorial, a cargo de la recién nacida Escuela de Montes.
Revista Ambienta
La peña del Cuervo
Tras el paréntesis, toca alzar el bastón, pues hay un excelente mirador que se esconde detrás de tanto arbolito. Toca superar un fuerte desnivel, sin mejor guía que seguir hacia arriba hasta poder superar la masa arbórea. Aglomeración que finalmente claudica para dar paso a los arbustos, a las retamas, al piornal. Solo algunos osados pinos intentan conquistar mayores altitudes, como castigo a tal arrogancia, la continua acción de los vientos hacen retorcer sus troncos en esa singular lucha por hollar las cumbres. Mientras que un servidor, se ve obligado a realizar más de una parada para recuperar el resuello. Por fin asoma la peña del Cuervo, un espolón rocoso cuyo volumen emerge como un faro a seguir por inexistentes sendas sin marcar. Bendita cercanía. Tras rodear su humanizado perfil se alcanza este mirador excepcional y vallada para evitar la caída de algún torpe. Una vez que se alcanza la roca, toca nuevo descanso para disfrutar de la amplia panorámica que ofrece, además de jugar a acertar las montañas que se observan y dar la espalda al Nevero, a sus lagunillas y a los pedrolos que las rodea, ya que ahora toca adivinar la bajada hasta alcanzar nuevamente el pinar. 

La vereda encajonada
Hacia el oeste se adivina una amplia pista por el cerro de peña Morena, sin embargo a la vera del arroyuelo del Hornillo surge una senda bajo el pinar, y la sombra que ofrece gana la elección del descenso hacia las laderas de la montaña para volver a buscar la citada senda que unía Pinilla con Navafría. Caminos por donde vuelve a aparecer el robledal, en una larga e intervenida bajada donde se pierde rápidamente las alturas ganadas. Nuevamente los robles andan escasos de follaje y la monotonía del paso crece ante la anchura del mismo. Ando rodeado otra vez por los múltiples palillos y encima sin la hojarasca necesaria para cubrirnos del plomizo poder del rey Sol. Dentro del tostón que supone el mismo paisaje, surge la esperanza por la aparición de algunos melojos de mayor envergadura y tamaño en las cunetas. Incluso cabe destacar algún que otro acebo aislado, en especial uno con ganas de convertirse en un buen arbusto que llega a desentonar ante tanto roble. La larga pista regresa al desvío del inicio, donde la senda encajonada y la planicie donde observaba este retocado lugar del inicio. Demasiado pateo, demasiado largo y repetitivo el descenso. Para la próxima me perderé por algún atajo. 

Álbum de fotos

Bibliografía

- 50 paseos para descubrir bosques y árboles singulares de Madrid
Andrés Campos Ed, La libreria 2006
- arbolessingularesmadrid.blogspot.com.es
- Ruta 4: Ruta al Nevero - Lozoya.es
- Revista Ambienta. Una montaña transformada por el ser humano. 
Ester Saez Pombo - Gonzalo Madrazo García de Lomana

11 de mayo de 2017

Viaje a la Alcarria

Siempre ha habido alguno que en un momento dado, levanta la vista y se lanza a transitar más allá de los horizontes que sus ojos alcanzan a ver. Hoy día, y gracias a que se venden por Internet, podemos descubrir y entretenernos, con las aventuras de miles de personas que deambulan por múltiples lugares del planeta. A pie, en bici e incluso con pase VIP si se tercia. En realidad es un fenómeno natural del ser humano, desplazarse a diferentes sitios para conocer y experimentar nuevas sensaciones, culturales y vitales. Aun así, tiene merito el paseo que se dio, don Camilo José Cela alrededor de una coqueta región de la provincia de Guadalajara. No solo por tratarse de uno de los últimos gigantes de la literatura castellana, sino más bien por llevar a cabo tal excursión con apenas pasados siete años de la contienda civil española, y la elección, en parte cómoda por la cercanía, de un lugar tan bello al que a la gente no le da la gana ir. Una pequeña verdad, esa de que a veces no hace falta irse muy lejos para descubrir rincones interesantes.

El Viaje a la Alcarria de Cela, recoge las mismas experiencias que la de miles de anónimos
blogueros dispersos por las redes. Nada nuevo si nos atenemos al simple concepto del género de la literatura de viajes. Tan viejo como el propio hombre. Pero con una notable distinción en el tiempo y en las formas, pues Cela se lanzó a la aventura en 1948 para conocer, de primera mano, los pueblos que jalonan esas tierras. De primeras, parte en tren desde Madrid a Guadalajara, para después encaminarse a la ruta del vaivén, dando a entender que salvo algunos puntos marcados de antemano, el itinerario lo marca la sabia decisión del momento. El viajero Cela se antepone en tercera persona, y aunque él sea el narrador, sabe ceder muy bien el protagonismo a las gentes con las que se va cruzando, quedando él mismo en un segundo plano para descubrir las diferentes personalidades que se cruzan en su camino. Las curiosas anotaciones de los vecinos de los pueblos adornan un retrato ligero de la sociedad de la época. No se descarta señalar la pobreza de algunos o el mal devenir de otros, aunque siempre por encima de una leve complacencia sobre un país que se recupera de los estragos de la guerra. El yantar se suple con el trabajo de quienes trabajan las tierras y eso es algo que destaca el autor en todos los pueblos por los que pasa. Así como los buhoneros que negocian por distintas plazas.

Un dato llamativo resulta ser las diferencias que se establecen entre los distintos pueblos, a pesar de la corta distancia que hay entre ellos, destacando sobre todo, el carácter más jovial de algunos frente al lógico recelo que despierta el extraño en otros. De todos modos, a Cela no le cuesta entablar conversación con los vecinos y llegar al cordial termino de amistad con un buen número de personas. Demostrando, en parte, las buenas maneras del mundo rural y que amenazan con desaparecer con el paso de los tiempos. Otro de los datos importantes del libro son las acotaciones dedicadas a la descripción de los pueblos y de sus monumentos. Estos últimos normalmente se encuentran en mal estado y con peligro de derrumbe, simples enunciados donde Cela expone el abandono de estos edificios históricos, una especie de denuncia hacia un país que debería recuperar las glorias del pasado para beneficio del presente. En parte algo se ha hecho desde entonces. Quedan dictados los pueblos, los parajes y el paisaje. Elementos vitales para quien pueda perder libremente el tiempo con la contemplación y disfrutar de ello. Una agradable sensación en peligro de extinción por los acelerados ritmos de vida actuales. 

Este 11 de mayo, Cela cumpliría 101 años. La zona de la Alcarria siempre le estará agradecido al autor por este trayecto, transformado hoy día en útil y llamativa herramienta turística


Hace un día esplendido, algo nuboso y no de demasiado calor, y el viajero, desembarazado del equipaje, camina con soltura y con alegría.


Cela, la mula y un paisano.
Imagen sacada de viajesdeprimera.com e imagino que la original será de la Fundación de Camilo José Cela

Viaje a la Alcarria
Camilo José Cela
Espasa libros, 2010